A Coni y a mí nos unió el exilio. Fundamos nuestra amistad en una ciudad que no era nuestra y que por no ser nuestra habitamos las dos con tremendísimo descaro. De ella me gusta su forma de putear, de putear a los hombres sobre todo. Si hay algo que Coni hace tan bien como putear es escribir. A Coni la imagino escribiendo de noche y bebiendo frizzé, con las piernas cruzadas sobre la cama y pariendo poesía. “Habitar” nos convoca a conocerla a ella y un poco a nosotras mismas. En textos tan cortos como tan precisos, recorre las fracturas y la memoria de un cuerpo que sufre, se hace cargo y luego avanza. Cada poema es una declaración valiente de intenciones, es un despedirse, es un estar en paz con el caos y la fragilidad de los vínculos que se sujetan a un espacio físico y a un tiempo limitado. Es entender el amor de forma efímera y dejarlo a vivir allí donde ya no hace daño, como parte necesaria de nuestro ciclo vital.
"no soy a la que
le cuelgan las piernas
no soy su nombre
no soy esa casa
en torno a la fuga
Sobre
la superficie los espinos manchan el recorrido de nuestra pérdida. He
transformado esa grieta en un trayecto migrante; territorio similar al
ejercicio de anudar nuestro vínculo a la extensión de su hambre.
recuerdo
Padecíamos
la misma enfermedad, un desolado gesto sujetaba nuestra casa. Así, como el
fondo de una época decadente, propuse una soga en su cuello y terminar, de una
vez, con la tragedia".
Mariela Porro Fernández.
Cubana viviendo en Córdoba, Argentina.
Junio, 2020.
